viernes, 9 de agosto de 2013

Soledad

Y  mientras seguía sentado en esa silla, me di cuenta de que aquello que había estado imaginando toda la tarde,  sucedió… Como si algo mágico hubiese irrumpido en esa habitación,  a la gente a mi alrededor  le salieron  alas de demonio en la espalda  y  empezaron a desaparecer, el mundo que conocía se torno un tanto apocalíptico, las letras del pizarrón  se hicieron liquidas frente a mis ojos, comencé a navegar entre ellas intentando  alcanzarlas en ese rio impetuoso  que crecía bajo mis pies, y empezó mojándome las medias por la hendidura de los zapatos hasta llegar a la mitad de mis rodillas, podía divisar en mi mente sus ojos grises como el color del cielo en días de tormenta y esa boca pequeña color cereza, que siempre lograba su objetivo: “descontrolarme”…
Recordé ese día, y aquel lugar dónde solíamos ir a comer libros de diferentes sabores, me encantaba el gustillo de las hojas de esos libros de cubierta dura, porque sabía como a fresas con chocolate, mientras tú,  preferías comerte las páginas de los libros de Cortázar, porque te resultaban de un gusto agridulce, sin embargo, el sabor de ese cuento de  Quiroga que compartimos casi  a la deriva como su título, fue el mejor de todos, aunque todo mundo nos miraba extraño, yo estaba feliz, me acordé entonces de aquellas palabras  que me dijiste con tu  vocecita de tono musical: “Acuérdate de venir mañana o desapareceré”….. Me di cuenta de que el río  que había estado mojando mis rodillas, se había secado, dejando unas cuantas palabras a su paso… cuando las leí, algo muy dentro de mí se removió:

                                     

                                  “Recuerda que mañana es hoy, y hoy estás solo”

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