No sé porqué lo
hice, creo que fue muy fuerte el apretón que le di, al final terminé matándola,
casi que descuartizándola en muchas partes, pero después de todo, creo que se
lo merecía.
Ella siempre
solía mirarme solo a mí, a su “jovencito”, así me llamaba, me hacía creer que
todo era más bonito, de sólo pensar en que la iba a ver, me entraban unas ganas
infinitas de ir a estudiar, de ver su cabello color amarillo parecido a ese
crayón que venía junto con los lápices que me regalo mamá, el sólo pensar en
sus ojos me hacía palpitar el corazón
muy, muy fuerte, así como cuándo el profesor me hacía correr 500 metros en la
clase de deporte, eran hermosos… azulitos como el cielo, cuando su boca
pronunciaba mi nombre al llamar a lista, sentía que me quedaba sin aire, y sólo
podía responder con un casi inaudible “
pre… pre…presente maestra”.
Dictaba la clase
de español, y aunque odiaba los libros, comencé a apreciarlos gracias a ella; ese
día en que el rector del colegio la
presento ante todos como la nueva maestra, la amé en ese instante en que escribió su nombre con
su hermosa caligrafía y mencionó
tiernamente: “Mi nombre es Cristina y espero les guste la lectura”. Desde que
entro al colegio nos hicimos novios, ella dándome sus clases extra porque no entendía la idea principal de los
cuentos que nos ponía a leer, me acariciaba la espalda con su delicada mano, me
respiraba en la mejilla mientras me hablaba, haciéndome sentir ese aire de
complicidad, todos los martes y jueves, éramos sólo ella y yo.
Me hizo creer
que era el hombre de su vida, cuando yo le decía que era hermosa y perfecta,
siempre me respondía: “ay, Juanito, ojalá todos los niños fueran como tú, ¡shhhh!, no le digas a nadie, pero eres mi alumno
preferido” y así vivía yo, en un ensueño de palabras, queriendo ser mayor en un
pestañeo y poder casarme con la profe Cristina y así como en los cuentos de
hadas que nos ponía a leer “ser felices para siempre”.
Hasta que un
día, me hirió tan profundo que no lo pude resistir, me sentí peor que
aquella vez en que me dijeron que mi tortuguita murió o cuando dañe mi juguete de
Superman, en el momento en que iba para
su despacho, escuché lo imperdonable, mi
Cristina, le decía lo mismo que sus hermosos labios pronunciaban sólo para mí en ese sagrado acto de los martes, a Felipe
el de quinto…Y fue tan capaz de sonreírme como si nada al verme, “Hola
Juanito”, No dijo nada más, no le di oportunidad de explicarse, dejé encima del
escritorio la manzana que le llevaba
y salí de allí. Me fui corriendo
a casa, mientras mis lágrimas se salían, cuando llegué, tuve que decirle a mamá que me caí jugando y por eso lloraba,
subí a mi cuarto y busqué detrás de mi osito de peluche esa foto que le había
tomado a la profe hace algunos meses
atrás mientras me explicaba la tarea con
la cámara que me regaló mamá, la contemplé por una última vez, me daba rabia que fuera más linda que mamá, que fuera mi primera novia y
el amor de mi vida …… finalmente, arrugue
la foto con mis manos,
busque las tijeras , y la partí en mil pedazos,
de esta forma, fue que Cristina murió entre la furia absurda de mis manos, las
tijeras y mis lágrimas, llevándose consigo mis ganas de volver a leer y mi
gusto por el español.

Me encantan tus escritos, siempre me deleito con ellos provocando en mi un orgasmo mental y, seria para mi todo un placer que algún día hicieras uno exclusivamente para mi, no te pido que sea de amor ni amistad; solo te pido que sea escrito con gran sinceridad para este chico que no te deja de...
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